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jueves, 16 de agosto de 2012

Como matar a un niño


Diagnóstico 1º:

El paciente sufre de un clavo inexistente en el pecho que, según él, duele como mil agujas clavadas en los pies. Se cree que es provocado por el tiempo, o más bien la falta de él. El paciente no para de decir que quiere tiempo, quiere comer relojes pensando que eso ayudará. El paciente no sabe que el tiempo que ha perdido no se puede recuperar. Cuando asimila esta realidad, el paciente empieza a llorar sin remedio. El paciente muere deshidratado debido a la abundancia de sus lágrimas, nada pudimos hacer por su risa, desapareció hace tiempo. El paciente se dio cuenta de que aquellos días no volverán, el paciente maduró. Hay otro niño muerto.

Un viejo amigo. Fracisco José Matinez Martinez
Del blog tellevastetodaslasrespuestascontigo.blogspot.com.es

miércoles, 14 de marzo de 2012

Pasa la vida

Los relojes blandos de Dalí. Incluso el tiempo acaba marchitándose 


“A veces las historias no hay que buscarlas, llegan por casualidad” decía Randall en El periodista universal. Así es como ha llegado a mí lo que quiero contaros ahora. Si no os gustan las historias sobre la muerte, ruego os vayáis. Volveréis cuando comprendáis que muchos cavan su propia tumba en vida. No sirve de nada dejar caer tus lágrimas sobre una lápida, ésto muchas veces puede evitarse escuchado a la gente. ¡Señores háganlo! ¡Escuchen a la gente, escuchen sus historias! ¡Interésense por sus sentimientos!

Hoy me he dado cuenta realmente de ello cuando mis compañeros de clase hablaban de una chica. Unos decían que quizá estuviera sufriendo acoso escolar, otros que tenía un novio mayor que ella o que estaba embarazada. Sandra Cubero, de catorce años, decidió el pasado viernes  saltar desde un puente poniendo fin a su vida, los motivos aún no se saben, porque vivimos en la sociedad de los oídos sordos. En el colegio no hay ninguna asignatura que nos enseñe a mostrar nuestros sentimientos. Ser sensible es sinónimo de debilidad, cuando lloraba en el colegio mis compañeros se reían porque el profesor decía “los chicos no lloran”, sin darse cuenta de que estaba reprimiendo lo que sentimos, nos enseñaba a guardarnos todo dentro como si de un ataúd se tratara.

Quizá los sentimientos de Sandra eran tantos que se habían convertido  en la tierra que cubre el ataúd. Estaba ahogada, necesitaba aire. Contar a los demás tus sentimientos no es nada fácil. Me da igual cuales fueran sus motivos para hacerlo. No soy el vecino morboso que busca saber más sobre la vida privada de la chica. Con esta entrada solo quiero que alguien me escuche y se dejen ya de educar ciudadanos mediante estúpidas asignaturas. Imbéciles, antes que a ciudadanos debemos formar a personas capaces de sentir. Sandra tuvo la oportunidad de cruzar el puente, volver a su casa y contar a sus padres lo que ocurría. No lo eligió porque pensaba que era signo de debilidad. Nos reímos del que llora y nos lamentamos del que se quita la vida. ¿Y si llorar fuese algo común? ¿Y si llorásemos a cara descubierta? Llorar sería de valientes.

Ese puente hoy está lleno de cartas a Sandra. En ellas sus amigos expresan su cariño. No esperemos a la muerte para mostrar cariño a los que nos rodean. No seremos débiles por mostrarles nuestras lágrimas a los demás. Todo lo contrario, desnudaremos nuestro alma.

“Porque señores…el tiempo pasa sin anunciar su prisa” y no siempre tendremos a las personas que queremos cerca. Los padres de Sandra ya no podrán darle un abrazo a su hija, pero desde aquí les digo que miren hacia adelante y aprovechen para abrazar el doble de veces a su hijo de dieciséis años.

Sandra se ha ido y se ha llevado con ella sus sentimientos. Mientras sigue pasando la vida.

Un ser sensible, Luis González Campo