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jueves, 28 de junio de 2012

La historia de tu lucha


Esto va por ti


Vero esta es tu historia y tu historia no acaba aquí, empieza tu lucha contra el cáncer. Esta mañana, me ha sorprendido tu repentina despedida de Twitter. Me empezaste a seguir hace poco, pero eso no ha impedido que aunque no te conozca hoy llore por ti. Eras aquella persona por la que escribía mis tweets más ácido, quería verte sonreír cada día. Fuiste la que a pesar de no conocerme me dijiste que en los peores momentos siguiera adelante, ahora me toca a mí corresponderte.

Durante el tratamiento estarás arropada de los que más te quieren, pero también quiero que sientas mi sonrisa, mi abrazo más fuerte y mi beso más sincero cada vez que leas mis palabras. Aunque a veces puedas llegar a sentirte sola, piensa que en algún lugar hay alguien pensando en ti. Nunca pierdas la sonrisa, es el arma más fuerte que tenemos contra la puta de la vida. Nunca pierdas la imaginación, porque sin ella la vida misma no tiene razón de ser. Recuerda cuando de pequeña te columpiabas en un columpio, imaginando que podrías llegar a volar. Vero sin duda has conseguido volar, eres grande.

Cuando termines el tratamiento te darás cuenta que has vuelto a nacer, querrás volver a jugar a hacer castillos de arena con tu pala como si de una niña de rosados mofletes se tratase. Disfruta de todo, disfruto de los grandes momentos, disfruta de los pequeños momentos y sobretodo no te olvides de disfrutar de las palabras de los que te quieren.

Cada vez que leas esto, espero lo hagas imaginando mi voz diciéndote “todo va a salir bien”. Vero nos lo podrán quitar todo, pero nuestra sonrisa siempre permanecerá intacta bajo la protección de nuestros labios. Ahora, solo hace falta que esos labios le dejen ver la luz del día. A pesar de lo poco que sé de ti, te quiero.

Un ser sensible. Luis González Campo

sábado, 10 de marzo de 2012

Miguel tenía cáncer

Lucha por tus sueños


La misma rutina de todos los domingos: hacer la maleta, bajar las escaleras de casa con cuidado de no tropezar con el equipaje y coger el tren a Madrid. En el andén mis padres se despiden una semana más. El tren ya se ha convertido en mi lugar para pensar y más después de la conversación que escuché el viernes. En casa entran dos sueldos y gracias a ello puedo volver cada viernes y relajarme del agobio de vivir solo en la ciudad. Estudiar fuera es todo un lujo y debería valorarlo más, otros quieren y no pueden.

Dos años han pasado ya desde que  a Miguel -amigo de la familia- lo operaran de cáncer de pulmón. Hoy, está totalmente impedido para trabajar. Casado con Isabel y padre de dos hijos, Guillermo y Marta. Yo los llamo cariñosamente Guille y Martita, de diecisiete y doce años respectivamente. Se mantienen con una paga de cuatrocientos euros al mes. Guille es deportista, buen estudiante y sueña con ser profesor de educación física. Martita es peor estudiante pero se esfuerza mucho por sacar adelante sus estudios, quiere ser profesora de educación infantil y cuidar a los peques.

“Ninguno de los dos podrá ir a la universidad” decía su madre llorando mientras tomaba una taza de café. Desde que Miguel había sido operado tan solo había entrado en casa el poco dinero que  ella había logrado conseguir trabajando unos meses para el ayuntamiento o limpiando en casas. Se las arreglaban como podían, la abuela les daba algún dinerillo, la cuñada les traía comida para los niños, sus hermanos y hermanas les daban compañía y así quedaba todo en familia.

Mala suerte tuve de estar presente cuando entre sorbo y sorbo Isabel nos contaba la situación de su familia. Aunque sus hijos no lo sabían su futuro estaba marcado desde que esa enfermedad llegara a su padre. Ya en Navidades no tuvieron regalos y cuando alguien les preguntaba qué habían recibido por reyes, Martita aún inocente, contestaba “a mi papá curado”, pero Guille agachaba la cabeza. Con diecisiete años ya comprendía que ni esas Navidades, ni las próximas recibiría ningún regalo porque desde ese día serían la generación perdida.

Martita no tiene cuadernillo de ejercicios de inglés, Guille utiliza el libro de matemáticas de su compañero. Hace treintaisiete años mi madre compartía con su vecina los libros. Hace treintaisiete años no todos tenía las mismas oportunidades, hoy tampoco.


Con la crisis parece que nos hemos olvidado de esas historias que viven millones de familias en este mismo momento. Historias que debemos hacer visibles. Miguel ha luchado mucho para superar su enfermedad. Ahora solo puede estar tumbado en el sofá viendo la tele. Las generaciones pasadas lucharon mucho por conseguir la democracia, el estado de bienestar y todos los derechos que hoy poseemos. Nuestra generación no luchará, somos la generación del pasotismo. A nadie importa que estos dos niños no tengan futuro.

Guille y Martita no cumplirán sus sueños.

Su confidente. Luis González Campo